un por qué para la rosa (1 de 3)
Texto: Nelly Schnaith

rosa (1993)

rosa 1993

La mirada de Pilar Pequeño crea presencias poéticas. Cuando hace auténtica poesía, la cámara deja ver el enigma de las imágenes: no aspira a descifrar su quietud en suspenso. Plantas, hojas, flores, agua, transparencias... variaciones de un tema que suena, en la obra de Pilar, como un eco visual del verso de Silesius: La rosa es sin por qué, florece porque florece/ sin cuidado de sí misma, sin preguntarse si la ven. Un eco no servil, sin embargo, porque la esencia misma de esas flores de papel está en el cómo han sido vistas y en el darse a ver. ¿Dónde situar entonces la correspondencia entre el verbo místico y el icono poético? Justamente, en el cómo han sido vistas: la visión de Pilar se incorpora a las cosas sin que su "filtro" las fuerce a revelar algún secreto último que nos entregaría su razón de ser.

Incluso en los casos en que manifiesta una voluntaria "composición" de sus imágenes nunca nos impide atisbar ese esplendor indiferente de la naturaleza que no se cuida de nuestra mirada. Y en la contención de este respeto por lo que no se puede explicar encuentra la visión de la flor -de la naturaleza- un por qué que quizás le es ajeno, considerado desde su universo, pero que ennoblece las razones de ser de nuestro mundo humano.

La rosa encuentra un por qué que no le atañe a ella en sí misma pero la hace florecer en la deriva de la visión creativa de cualquier ojo capaz de mirarla así, de asomarse a su misterio sin violarlo. Como florece en el poema de Angelus Silesius. Las imágenes de la naturaleza, en las fotos de Pilar, se encierran dentro de los límites de una representación clásica, pero se abren a una inmensidad virtual en la poesía de su expresión. A la mirada que se emancipa de las urgencias de la manipulación o de las pulsiones inquisitivas del conocimiento, la naturaleza le muestra aspectos ya muy olvidados por la cultura de la técnica y del consumo, le revela un límite que ninguna ciencia podría franquear mientras seamos mortales y ante el cual el arte -fotográfico, en este caso- sabe rendirse creativamente. La obra nos recuerda entonces que antes de servir para, las maravillas naturales sencillamente son y que el hecho de que sean es un milagro inexplicable, como vio el místico.

Los jardines imaginarios

Si nos adentramos ahora en el universo de imágenes que esa mirada puede hacer emerger, cabe aquí el comentario de Proust sobre Elstir y sus rosas pintadas: se trataba de una "variedad nueva con la que el pintor, como horticultor, había enriquecido la familia de las rosas". Las fotos de Pilar no reproducen sus objetos, los producen por obra de una disposición de luces, sombras, brillos, opacidades transparencias cuyo artificio, manifiesto y discreto a la vez, da nacimiento a nuevas variedades "naturales" que sin estar en la naturaleza quizás no sean sino el despliegue imaginario de la infinidad visiva que, replegada en los modelos reales, aflora cuando se los libera de la visión convencional. La imaginación ha creado tantos jardines metafóricos como los que la naturaleza permite a la floricultura.

El prisma cromático de la fotografía en blanco y negro es ascético: los armónicos sensibles que eventualmente despierten no pueden apoyarse en el color. En el caso de Pilar, sin embargo, la vista conjuga y agudiza sus sensaciones hasta volverse crisol donde se amalgaman los demás sentidos: el tacto sedoso, las asperezas, los lustres iridiscentes, un aire ligero de floresta o el denso aroma de alguna fragancia carnal, una aglutinación barroca o la ingenua fragilidad de las corolas silvestres, la tersa lisura de algunos pétalos y hojas tras el escudo agresivo de las espinas o la dehiscencia de ciertas vainas secas. Visiones que se huelen o se palpan, un sensorio desbordante proyectado por todos los sentidos: los grises luminosos o umbrosos, el recipiente cristalino, el perfil nítido o desdibujado, la textura áspera o pulida no sólo logran tocar nuestra pupila, también convocan gusto y olfato, el contacto visual apela calladamente a la mano, al tacto, cuya inmediatez resume desde antaño todos los ensueños de una fusión capaz de despertar cualidades dormidas de las cosas. La mera grafía de la luz da aliento así a goces integralmente corpóreos, una mezcla de sensaciones que el ojo remueve siguiendo el hilo secreto de vivencias muy antiguas casi hundidas en su pura latencia. Tales imágenes parecen "trabajadas" por un ejercido prospectivo que se anticipa a la misma percepción como una de sus aventuras posibles.

Pilar sabe ver vida y morbo poético en la naturaleza, en la eclosión de esas flores, humildes u ostentosas, cuyo máximo esplendor muestra ya la acechanza de una descomposición cercana; en el perfil declinante de la rosa que, velada tras el celo del invernadero, todavía deja asomar la evocación melancólica de su lozanía perdida. Sabe ver en la sensualidad de las formas una resonancia erótica tan intensa como inquietante: el níveo enrollarse de una cala en torno a su estambre o el roce de dos membrillos bajo el agua secretan una vibración carnal que desubjetiviza el eros para expandirlo como principio omnímodo de vida y creación.

 

Diseño: Óptima! comunicación visual