Ventanas al exterior

Rosa Olivares

Como en la música, también en la naturaleza aparece la belleza como un relámpago, para desaparecer inmediatamente cuando se intenta convertirla en algo firme, en una cosa”.
Theodor W. Adorno (“Teoría Estética”)

Sí tuviéramos más tiempo tal vez nos fijásemos en las hojas muertas y en como se desvanecen sobre la hierba de pequeños parques a nuestro alrededor. Tal vez, si tuviéramos más tiempo, nos daríamos cuenta de las diferencias que existen entre las hojas de un árbol y las de otro. Si tuviéramos tiempo saldríamos a pasear por parques, por el Retiro, por la Casa de Campo, por otros muchos parques que sobreviven en las grandes ciudades como Madrid, ciudades que han crecido de espaldas a su origen, de espaldas a la naturaleza y, casi siempre, de espaldas a la belleza, pero que todavía quieren mantener vivo cierto recuerdo de un paisaje verde y lleno de árboles y fuentes. Incluso, saliendo un poco de los límites ya borrosos de la ciudad, llegaríamos al campo, o a algo parecido al campo. Con paciencia volveríamos a comprender el proceso natural por el que las plantas viven y mueren. Por el que la naturaleza respira y se transforma.

Pero hoy en día, en el mundo en el que la mayoría vivimos ya no hay sitio para la naturaleza. El campo se ha convertido en un recuerdo, el paisaje es aquello que vemos por las ventanillas del coche, del tren o del avión cuando viajamos a grandes velocidades, cerrados herméticamente a un exterior que deseamos y del que, sin embargo, nos alejamos cada día más. La relación con la naturaleza se ha convertido en algo privado. Hay actitudes que unen la estética con los problemas sociales y políticos y, en ese sentido, hacen de la lucha por la recuperación de la naturaleza un acto político, de su representación artística un acto de lucha. En ese sentido hay que darle una nueva lectura al arte político pues sus actuales reivindicaciones son muy diferentes a las de otros tiempos, tanto en formas como en contenidos. Pero de la relación con la naturaleza lo que suele crecer es una muy personal actitud, una forma de expresarse intimista y diversa, pero siempre con unos matices cercanos al lirismo, al romanticismo y algunas veces con una tendencia muy clara hacia un cierto tipo de silencio que apreciamos más claramente en la poesía o en la música que en las artes plásticas.

Entonces sustituimos la idea de naturaleza por la de exótico. Ya solo apetece conocer selvas tropicales, valles infinitos, árboles eternos cuya sombra es tan gigantesca como inabarcable es su tronco y la locura enredada de sus raíces. Naturaleza es el pico inaccesible de una montaña de nombre extraño, en un país ajeno. Pero el jardín cercano, el parque cuyos límites son poco menos que previsibles, ese valle con un pequeño ese monte familiar al que podemos ir en cualquier momento, cualquier día, eso ya no es una aventura hacia la naturaleza. Todo eso es, simplemente, un paisaje cualquiera. Cuando sustituimos la naturaleza por todo aquello que es lejano, agreste, salvaje, tropical, por todo aquello que se acerca a la aventura y precisa de planes, mapas, tiempo de vacaciones…entonces olvidamos ese diálogo privado, personal, entre el aire libre, el aroma de los arbustos, el sonido del agua y nosotros. La naturaleza es todo lo que no precisa de nosotros para vivir, que, cercana o lejana, calmada o salvaje, verde o seca, se desarrolla sin nuestra presencia, ajena a nuestra cultura y a nuestras necesidades.

No hay que sorprenderse entonces de que lo natural haya desaparecido casi por completo del arte actual, que ya no sea un tema para los artistas. El paisaje ha cambiado, el bosque, la visión idílica de un prado, la idea de un paisaje ideal, ‘pintoresco’ como lo bautizarían a partir de Claudio de Lorena, ha sido sustituido por la representación de la ciudad, los puertos por aeropuertos, la arquitectura se convierte en la protagonista del paisaje actual, y muy especialmente en la creación fotográfica contemporánea. Con la evolución de la fotografía y su aceptación como un lenguaje artístico más, la ciudad y su arquitectura se convierten en el paisaje habitual y, poco a poco, también en el paisaje ideal. La idea de natural se ha quedado como algo distante, que es paulatinamente recuperada por algunos fotógrafos y pintores que se plantean reivindicaciones políticas y sociales.

Queda en un margen el trabajo de tantos artistas que al estilo clásico siguen ahondando en las formas de la naturaleza, evolucionan hacía la abstracción las formas y los colores. Pero la fotografía es un arte demasiado joven como para poder olvidar una de sus fuentes creadoras, uno de sus temas clásicos, uno de sus motivos de reflexión más habitual, tal vez el más utilizado junto con el del cuerpo: la naturaleza. Un paisaje abierto, pero también el jardín, la planta, la flor. Hay nombres famosos cuyas fotografías de flores se han convertido en paradigmas del arte fotográfico, en símbolos inolvidables. Sin poder evitarlo surge el nombre de Edward Weston en la historia de la fotografía con sus ‘retratos’ de plantas, flores, hortalizas y verduras. Pero mucho más cercano y desde una perspectiva menos carnosa aunque más carnal, hay que mencionar a Robert Mapplethorpe y sus flores en blanco y negro, símbolos sexuales de cargado erotismo y de una elegancia casi trascendente.

La flor significa y simboliza, igual que el paisaje, igual que el agua. La voluptuosidad de las formas imposibles de unas hojas, de unas ramas, la textura carnosa, dulce, satinada, como terciopelo, de los pétalos, la promesa silenciosa de cada flor mientras vive, en un efímero deseo de belleza y de inmortalidad, alienta la creatividad de muchos artistas, inspiran la vida y la imaginación del que las fotografía y de los que las miramos, disfrutando de sus superficies en blanco y negro de una forma diferente, tal vez mucho más minuciosamente, más detenidamente de lo que lo haríamos con la flor real.

Entre los artistas actuales que han hecho de la observación y la investigación de la naturaleza más próxima el tema de su trabajo está la española Pilar Pequeño. Su fotografía puede engañarnos en una primera mirada y hacernos creer que, detrás de esa sencillez de formas, de esa simplicidad en mostrarnos la vida tranquila de las plantas, de las cosas más humildes, no hay nada más. Es un excelente artilugio de engaño, esa sencillez es solamente la apariencia de lo que no puede explicarse. Detrás de esos humildes pero inabarcables charcos que una tarde tranquila la mirada de la fotógrafa intentó convertir en una imagen, hay un mundo. Son un reflejo de la vida y de las miles de formas de ver y de sentir, son las formas de todo lo que no se puede decir con palabras. Con las palabras, como dicen los escritores, podemos nombrar todo lo que tiene nombre, podemos hablar y escribir de todo lo que realmente se puede nombrar y enumerar, todo lo demás, todo lo que no se puede decir con palabras ni tiene nombre, todo lo que realmente es esencial, lo que hace de la vida y de los sentidos y emociones lo que son, todo eso queda fuera de las teorías y de las definiciones, de las descripciones y de las citas eruditas.

Queda la música, y quedan, sobre todo, las imágenes, las fotografías de otras cosas, fotografías de apenas nada, poesías visuales que se construyen sin palabras. Quedan los olores, la brisa, las sensaciones… y siempre la música y unos recuerdos que nuestra memoria y nuestros sueños construyen con imágenes, casi siempre en blanco y negro. Son ventanas al exterior que nos dejan ver y respirar otro aire, otro paisaje, aperturas a un mundo que nos conecta con lo mas profundo de nosotros mismos.

Las fotografías de Pilar Pequeño son diminutas ventanas al exterior, líneas de luz que se abren como tímidos miradores, opciones para detenernos y mirar, finalmente, lo que casi nunca podemos ver. No tenemos ni el tiempo ni la tranquilidad necesarias. El trabajo de Pilar Pequeño pertenece a este grupo de obras silenciosas que se generan en un laboratorio privado, aislado y donde hay muy pocos elementos de trabajo. Prácticamente la mirada de la artista es la herramienta central y, naturalmente, lo que ella observa y aísla de la naturaleza que observa. Y la luz. Es en este sentido – y en muchos otros como iremos viendo – una fotografía clásica, primaria, pues hace de la luz y de sus posibilidades, de su enfrentamiento con los cuerpos reales, con la dureza de las formas, un mundo de matices, de tonos y de susurros visuales que conforman el eje de su trabajo.

En este libro se recoge prácticamente el núcleo central de toda la obra que sobre el paisaje y la naturaleza ha desarrollado Pilar Pequeño a lo largo de décadas de minuciosa reconstrucción de un personal mundo botánico. Su trabajo en series se aprecia mejor después de que el paso del tiempo las ha asentado y somos capaces de interrelacionarlas entre si. Cada una de estas series, a veces conjuntos de trabajo de difícil definición, muy ligados entre ellos, se desarrollan a lo largo del tiempo de una forma paralela, superpuesta, en función de elementos tan personales como la disponibilidad de tiempo, el clima, y sin duda, aunque ella no lo diga prácticamente nunca, en función de esa actitud que no responde a ninguna palabra, que tiene que ver con la intuición, con el apetito , con la disponibilidad de los sentimientos. De alguna forma Pilar Pequeño ha fotografiado todas estas imágenes, ha reconstruido esos mundos misteriosos, estos rincones de un paisaje sensible en función de la meteorología interior más que de la exterior.

Las imágenes se dan, se crean delante de nosotros aunque tengamos los ojos cerrados. Esa realidad invisible es lo que hace inevitable que el artista las cree, al dictado de una imaginación, cubriendo una necesidad que se puede convertir en obsesión. No estoy hablando de esa creación automática, como si alguien superior nos guiase la mano al escribir. No, es un impulso interior que hay que reconocer y cultivar y cuyo resultado solamente es bueno cuando se une a un conocimiento técnico del lenguaje empleado, a una sensibilidad especializada y a una autenticidad indiscutible. Cuando todo esto se da a la vez no hay que intentar descifrar nada, las imágenes crecen delante de nosotros sin que podamos apenas definirlas, clasificarlas o explicarlas. ¿Dónde está la magia de estas fotografías insignificantes? No hay nada que se destaque, no hay historia, no hay narración, es simplemente, una frase, tal vez unas pocas e inconexas palabras las que forman estos poemas visuales. La artista no pretende explorar la universalidad, ni abarca conceptos transcendentales. Simplemente fragmenta el mundo, la experiencia visual y la transforma en algo que solo existe a partir de ese momento. La autenticidad de estas imágenes se explica en su propia humildad, en su existencia perfecta y exenta, ajena a cualquier otra cosa excepto a sí mismas.

Paisajes

Como en una especie de ‘travelling’ en el tiempo, Pequeño estructura este libro/exposición desde lo grande a lo pequeño, desde lo mayor a lo menor. Primero los paisajes, lugares vividos, paseados, valles, bosques, praderas, recodos, de la naturaleza. Una naturaleza de todo tipo, casi siempre en un plano cercano al observador, pero también desde una perspectiva que si bien no pretende ser grandiosa, ni mucho menos, si pretende abarcar una composición determinada, estructurar la imagen desde su interior. Estos paisajes, evidentemente fragmentos aislados del entorno real, son mundos llenos de vida en los que se intuyen relaciones de fuerza y de calor entre el agua y las rocas, la tierra y los arbustos, las hojas de matorrales y árboles. Todavía no aparecen las flores, los frutos, la personificación de cada uno de estos elementos que después serán los protagonistas absolutos del trabajo de Pilar Pequeño.

Lo que sí aparece ya desde el principio es el agua, en ríos, riachuelos, torrentes, rocío, charcas, lluvia, la humedad como alimento vital de plantas y de toda la vegetación. El agua, en muy diversas formas, estará presente en todo el trabajo posterior de la artista.Otro aspecto que podemos ver en seguido y que se demostrará como un elemento importante para analizar estos trabajos es la evolución que cada una de estas series tiene y que se repite en todas ellas de una forma que aclara el método de trabajo y las estrategias visuales de la autora.

Pilar Pequeño parte de la observación directa de las cosas, de la naturaleza, pero después de esa mirada directa comienza un proceso que es el que separa su trabajo de cualquier hallazgo fortuito, el que le da categoría artística en el sentido de que no es casual, de que nada es casual. Ninguna de estas imágenes se ha producido al azar, detrás de esa aparente humildad y sencillez descubriremos paulatinamente una estrategia de la mirada y un método técnico, una forma de hacer que se depura según el desarrollo de cada serie va avanzando. Al principio es la mirada, la experiencia vital que lleva a la artista a un lugar, a elegir un punto concreto. Después viene todo un proceso que le va llevando a la abstracción como una meta de llegada que roza visualmente, a veces de forma evidente, pero al que se acerca conceptualmente de forma sensible. Según la artista se va sintiendo más cómoda con el motivo elegido se va adentrando en sus características, va centrando su foco de atención en aspectos cada vez más interiores, más mínimos, profundizando en aspectos insignificantes, hasta que el motivo, sea un paisaje o una flor o una hojas, va desdibujando sus límites y contornos, descontextualizandose absolutamente no ya solo por el aislamiento de su entorno, sino por la pérdida de la escala y su falta de relación con otros elementos que la puedan situar en un lugar, en un mundo concreto y real. De esta forma algunas de sus fotografías, en las que refleja la más absoluta y pormenorizada realidad física de una flor, se nos presenta como una invención fotográfica, como una creación totalmente ajena a la obra de la naturaleza.

Invernaderos

La presencia permanente del agua se manifiesta de una forma diferente, extraña, en la serie de invernaderos, prácticamente la única serie que la artista da por finalizada. El trabajo se realizó en una zona de invernaderos y las fotografías captan las plantas, los detalles de las hojas, las flores más diminutas a través de los plásticos que las cubren, cubiertas de rocío, en las primera horas de la mañana. Un trabajo minucioso que, como ya apuntábamos anteriormente, según se desarrolla va desdibujando los límites físicos de lo fotografiado para convertirse en imágenes abstractas, fragmentos inconexos en los que un destello de luz, una sombra, una gota de agua, la humedad que se puede respirar, van conformando un mundo asfixiante, claustrofóbico, cerrado al exterior en el la naturaleza que observamos tiene unas condiciones climáticas muy especiales, condiciones que se dejan ver y que transforman las características de todo lo que podemos ver. Cuando más adelante veamos las fotografías que Pequeño compone en su propia casa, o aquellas que ha tomado en los charcos de Madrid, encontraremos nuevamente algunas de las características que podemos observar en esta serie, desde el protagonismo del agua hasta esa sensación extraña de observar plantas y hojas, tallos y flores que aunque vivas no están totalmente libres, sino que están encerradas, acotadas, y de las que la fotógrafa solo nos muestra una parte.

La abstracción es otro de los aspectos que destacan más fuertemente en esta serie de invernaderos. De hecho aquí aunque sabemos que el motivo es la naturaleza, un cierto tipo de paisaje, lo que acabamos viendo es una serie de manchas, nebulosas remarcadas por puntos muy claros, una pintura en blanco y negro que nos remite a un mundo onírico, extraño y muy personal. La elección del blanco y negro es en si misma la elección de la abstracción. Aunque los temas reproducidos sean siempre reales, entresacados de la realidad física que nos rodea, el hecho de eliminar el color natural supone ya desde el principio una declaración de principios muy clara: no estamos viendo una planta, sino la reconstrucción subjetiva de esa planta. La utilización del blanco y negro es la máxima abstracción en la fotografía, la abstracción como principio, como forma de enfrentarse al exterior, a la realidad que supuestamente representa la fotografía.

Blanco y negro el mundo se convierte en otra cosa delante de nuestros ojos. Y la fragmentación, el cambio de escala y finalmente la descontextualización de las cosas, su ubicación en lugares fuera de lo habitual. Tan raro sería ver un aparato electrónico en medio de la selva como una flor silvestre encima de nuestra mesa de trabajo. No existe el blanco y negro como gama total en la naturaleza. La realidad es siempre en color. Ni la nieve, ni el carbón son nunca blancos o negros, no tal y como el hombre los representa en una imagen impresa. El blanco y el negro, como la palabra escrita (negro sobre blanco) son una creación cultural. Un diálogo entre opuestos que desarrollan gamas, tonalidades como forma para acercarse. Una creación de la cultura para representar e interpretar una realidad inasible, una realidad que es diferente para cada uno y que si la juzgamos por su reproducción fotográfica, es tan múltiple y diversa, tiene tantas y tan diferentes interpretaciones que, realmente, no sabríamos nunca como es.

Plantas

La serie más abundante de trabajos es el que dedica a las diferentes formas de plantas y de flores, a sus diferentes partes, en diferentes entornos. Es un cuerpo de trabajo que se podría subdividir en otras series que a su vez se superponen y prolongan unas a otras. En primer lugar estaría la serie más corta, la realizada en el parque del Retiro de Madrid. Son fotografías de las hojas perdidas en los charcos del parque. Un tema tan sencillo y aparentemente insignificante que para hablar de él habría que recurrir inevitablemente a la poesía. Nuevamente el agua, nuevamente una abstracción que se origina en la realidad, y el agua como elemento que altera, deforma la visión de los cuerpos sumergidos en ella.

Esta serie es corta pero es muy significativa y nos acerca al mejor entendimiento de otras de sus series, además de enfrentarnos directa y limpiamente con algunos de las ideas que forman a obra de Pilar Pequeño, conceptos, ideas, sugerencias que vienen y van: el encuentro con el objeto elegido, con esas hojas muertas, flores insignificantes, rincones cuya belleza podría pasarnos fácilmente desapercibida; el azar como guía de esa elección y encuentro; el discurrir diferente del tiempo vital, que se diría al margen de la velocidad característica de nuestras vidas. Y también la alteración de ese encuentro, la manipulación a través de la máquina de sus contornos, el uso del agua como agente transformador, la importancia del fragmento, de la variación de escalas y la falta de referencias ajenas al microcosmos que la artista elige como mundo real e inhabitado. Todo ello a través del blanco y del negro, de pequeños formatos, de una limpieza exquisita en la realización final de cada fotografía, y, sobre todo, a través de una personal forma de ir disolviendo los motivos, transformándolos y deshaciendo sus formas, redituándolos hasta cambiar la percepción que cualquier espectador podría tener sobre ellos.

A partir de aquí podríamos hablar de series o de líneas de trabajo paralelas. Estas líneas serían: las plantas en su entorno y las plantas fuera de su entorno habitual; y dentro de estas dos categorías estarían las flores silvestres, las flores naturales – las más conocidas – y las flores sumergidas. Pilar Pequeño observa la naturaleza como una tarea intima y privada, en sus paseos, en sus viajes, en su propio jardín y allá donde pueda estar, ve a su alrededor todo tipo de plantas. Es ese trabajo que el azar parece hacer por ella: dejar que sus ojos se fijen en un lugar o en otro. A partir de ahí, Pequeño – dependiendo del tiempo que ella tenga, de las condiciones climatológicas, de las características del motivo, etc., – decide si la fotografía la va a realizar en el propio sitio, en el entorno habitual de la flor. Entonces no altera la planta, las propias hojas que acompañan a la flor le servirán de escenario, o bien el entorno natural, o tal vez en una aproximación absoluta solamente retrate un fragmento de las hojas, de la corola, de la flor central, de algún detalle casi invisible.

Otras veces, en cambio, decide que su propia casa, un entorno ajeno a la planta, es el que ella necesita. Entonces comienza un ritual de limpieza, agua y luz. La flor, la planta, a veces incluso frutas y verduras, son tratadas con parsimonia y con delicadeza. Unas veces serán fotografiadas desnudas, con sus simples y característicos atributos, en otras ocasiones se les colocará sobre manteles, con fondos de papeles de dibujo, mojados, tratados de alguna manera, e incluso en pequeños jarrones, platos, vasos y, en muchas otras ocasiones se fotografiaran inmersas en recipientes con agua. Sumergidas en recipientes de cristal, las plantas, las flores adquieren matices diferentes, y su respiración queda patente en las pequeñas burbujas de oxigeno que se forman contra el cristal, sus tejidos se dilatan, una suerte de pelo, polvo dorado, se aplasta contra las paredes transparentes.

Cada una de estas fotografías nos ofrece, en parte debido al primerísimo plano en el que se captan las plantas, en parte a la gran ignorancia que todos tenemos sobre la apariencia y los detalles de estas flores, una imagen extraña y sugerentes. Son flores de todo tipo de las que la artista destaca las flores silvestres, que para ella son aquellas que nos son absolutamente insignificantes, por pequeñas y vulgares, porque crecen sin ayuda de nadie, no son cultivadas ni se venden en las floristerías: son esas pequeñas notas de color y belleza que surgen infinitas e insignificantes, efímeras, en los campos, en los bordes de las carreteras, en los caminos, en cualquier lugar. Estas pequeñas flores, que nos habían pasado desapercibidas hasta ahora, una vez descontextualizadas se convierten en otra cosa por completo diferente.

Estas fotografías, en un cuidado blanco y negro donde las gamas de grises y los brillos de la luz se convierten en zonas específicas, tienen un aspecto de fotos antiguas, como llegadas de otro tiempo, estudios botánicos realizados cuando la belleza de las plantas era considerada como elemento para el análisis. Sin embargo, son obras absolutamente actuales, realizadas hoy aunque en un ‘tempo’ diferente al que estamos habituados. Un tiempo paralelo, como congelado en su diferencia, en el que la belleza sigue estando en la naturaleza, y esta sigue existiendo incluso en sus aspectos más aparentemente insignificantes.

Pilar Pequeño rescata en sus imágenes un mundo de maravilla, un mundo sencillo como las cosas más importantes, como esas cosas que no tienen nombre ni palabras para definirlas completamente. Es un mundo de agua, de luz y de pequeñas flores, un mundo que no existe fuera de su especial laboratorio de imágenes. Porque, aunque la apariencia de todas estas fotografías nos lleve a la conclusión de un idílico paseo, un viaje hacia la naturaleza, detrás de esta apariencia bucólica cercana a la literatura de Henry David Thoreau se está realizando una transformación sutil y a la vez radical. Pequeño transforma y cambia todo lo que ve, todo lo que toca en otra cosa diferente. Eso es la fotografía, una especie de alquimia que todo lo que toca lo transforma en memoria, en experiencia contada, en un producto inequívocamente cultural. Una obra del hombre, en contra o a favor de la naturaleza, pero inevitablemente un trabajo intelectual en el que la sensibilidad, la técnica y la experiencia matiza los resultados haciéndolos personales, caracterizándolos como obra personal. Esa es la verdadera travesía de la creación, la transformación de lo visto, de lo vivido, de lo personal, en algo contado, transferido, universal.

Libro: Pilar Pequeño. Caja San Fernando. Sevilla 2002