Tiempo de Ruinas

Rosa Olivares

La diferencia entre la ruina y el escombro es la memoria. La vida que albergó ayer lo que hoy solo es piedra; estas paredes que ya no protegen a nadie ni a nada fueron colegio, casa, universidad, campo de concentración, albergaron no solo a personas, a niños, a hombres, sino a sus sueños y a sus miedos. Vidas perdidas, rotas, olvidadas, desconocidas ya, pero que impregnaron estos espacios hoy sin sentido más que para los pocos que recuerdan, que sienten ese recuerdo aun desconociendo los hechos. La vida se quedó enganchada en los estucos, pegada a los azulejos, mirando por las ventanas, corriendo y jugando por los pasillos. Tantos rezos, tanto dolor, tanta esperanza perdida, nunca desaparece. Tal vez por eso nadie se atreve a derribar estos escuálidos muros que aun así siguen siendo de una belleza abismal; tal vez por eso nadie se atreve a eliminar definitivamente estas ruinas y liberar en el espacio a sus espíritus. Pues todavía viven entre sus piedras las memorias de las almas perdidas que pasaron por aquí, aquellas que vivieron el principio y las que vivieron su final. Siguen paseando por las orillas del mar que vuelve una y otra vez, entre las plantas que se apropiaron hace tiempo de todo. Son los que dotan de alma, de vida, a estos escombros convirtiéndolos en ruinas, es la prueba de que aquí la historia fue real, de que hubo vida y de que hubo muerte. Eso es lo que confiere belleza a un lugar, el paso de un tiempo vivido y recordado. El tiempo pasa, imposible de ser detenido salvo en una fotografía. Una imagen que congela una realidad que ya nunca se transformar. pero que, sin embargo, se convertir. en algo diferente a lo que fue.

Dicen que el asesino siempre regresa al lugar del crimen. La realidad es que todos somos asesinos, víctimas y testigos al mismo tiempo. Pilar Pequeño vuelve sistemáticamente a estos dos lugares, en el norte y en el sur de España, en el norte y en el sur de su vida. Son lugares llenos de recuerdos personales, lugares donde de alguna manera ha sido feliz, son lugares en los que diferentes etapas de su vida le han hecho recorrer estos espacios, con unos ojos abiertos sobre todo al pasado. Primero el norte, Galicia, sus or.genes, su familia, su padre. Peque.o habitante de estas ruinas cuando todavía no lo eran. Memorias individuales y también colectivas, porque este edificio, estos edificios al borde del río Miño, enfrentados visualmente con la orilla portuguesa, tan cerca del mar, vivió muchas vidas y muchos abandonos. Primero un colegio religioso, después una cárcel militar. Un lugar sin futuro que ha ido deshaciéndose en soledad, un lugar que parece no tener quien lo quiera, quien se decida finalmente a eliminar cualquier vestigio de su historia, sigue ahí como un fantasma mutilado, expuesto solamente a los ojos de los pocos que aún encuentran tiempo para pasear entre sus restos.

Esa es una de las características del trabajo de Pequeño, una cierta tranquilidad, el saber tomarse el tiempo necesario para mirar, para volver a mirar, para detenerse en los latidos del aire, en las sensaciones que perviven en el espacio. Todo esto está en estas imágenes, son realmente sus protagonistas, pues donde nosotros vemos paredes desconchadas, ventanas sin cristales, paredes y puertas medio destruidas, lo que hay realmente son pedazos de historia en carne viva, fragmentos de memorias que ya nadie recordará. Nos asomamos al vacío del tiempo trascurrido desde los inicios del siglo pasado, pero nos asomamos a través de la mirada de Pilar Pequeño.

Se trata de una mirada diferente, sin prisa, una mirada educada en la observación de lo que los demás no vemos. Una mirada que se ha detenido durante años en las hojas solitarias, en la naturaleza modesta de los matorrales, de las plantas y de las flores. Una mirada que ha buscado refugio en los espacios olvidados, abandonados. Aquellos lugares donde la calma, la belleza, el cuerpo y el espíritu vivieron en algún momento. Lugares que ya no existen pues la historia y el paso pertinaz y grosero del tiempo se ha llevado por delante la calma y en gran medida la belleza que era inherente a una forma de vivir, una forma de ser, cuando el tiempo se respiraba con lentitud. No se trata de nostalgia, ni de un canto resignado a la decadencia del hastío. La mirada de Pilar Pequeño es totalmente contemporánea, sucede en el aquí, en el ahora y mira el pasado como un hecho real, tangible, que persiste en sus fragmentos resquebrajados y dispersos. La idea de ruina que maneja el artista actual es una deriva del concepto romántico. Pero no solo. Es también la evolución de la idea de los conceptuales sobre la ruina como un segmento de realidad inacabado, un lugar, una idea que define la vida contemporánea. La ruina vive con nosotros, y de alguna manera los artistas de hoy la representan de formas diversas en sus obras.

En el norte la memoria lejana de una familia, de la infancia, esa memoria siempre entrañable que ha borrado las aristas de una realidad siempre menos amable de lo que queremos creer. Y en el sur, la pequeña nostalgia de ese tiempo que aún parece que podemos tocar con los dedos de las manos. El pasado siempre nos parece perfecto o pluscuamperfecto, pero en el fondo sabemos que no es así, que es como estos edificios que el tiempo y el abandono ha arrasado. En el sur una casa devastada por el deseo de no recordar, un lugar arrasado cerca del mar, donde el sol cambia los colores, donde ni siquiera la naturaleza resiste el paso voraz del tiempo.

Esta serie tiene dos etapas, la primera en blanco y negro realizada entre los años 2000 y 2005, y esta segunda, en la que ya introduce el color, realizada entre 2012 y 2016. Esto nos permite revisitar los mismos lugares, que ya eran ruinas, fragmentos de lugares destrozados y abandonados, donde la naturaleza era lo único vivo, años después. Ver la evolución del desgaste del tiempo en lo que para el tiempo es apenas un suspiro, pero que para nosotros son años. Y vemos que la naturaleza también se convierte en ruina, vemos cómo hasta la naturaleza pierde en esa batalla imposible de ganar. Vemos cómo esa palmera que se levantaba orgullosa en medio de casi la nada ha perdido todas sus hojas, convirtiéndose en un poste, en un tótem. Sus hojas yacen a sus pies, como después de un ritual sagrado. Y el planteamiento cambia entre el blanco y negro y el color, vemos aquí un análisis de la realidad muy interesante.

En este trabajo, Huellas, hay varios aspectos destacables. En primer lugar, por supuesto la idea de ruina, de cómo el tiempo transforma los lugares; en esa transformación tienen un protagonismo esencial el espacio del edificio, desgajado, incompleto, pero con una estructura arquitectónica que sigue existiendo y se muestra en sus pasillos, escaleras, estancias, puertas, ventanas, siempre desde dentro, desde la perspectiva del hombre, del observador, en ese caso desde la perspectiva de la fotógrafa y de su mirada. El segundo protagonista es la naturaleza, que hace su aparición por las fracturas de la construcción, entra por su boca (las puertas) y por sus ojos (las ventanas), lo ocupa y lo acaba de reventar desde dentro. Por lo tanto, tiempo, espacio y naturaleza se unen para dar una noción singular de ruina. Según Marc Augé solo hay ruina donde hubo monumento, por eso nuestras ciudades actuales dejan solo escombros.

La idea de monumento está hoy bajo revisión y desde luego debe incluir la estructura edificada, la arquitectura que construye simbología. Por eso, estos edificios son ruinas y no escombros, por la belleza y simetría de sus estructuras arquitectónicas y por la vida que albergaron. Una construcción es un cuerpo, pero también un alma, y esa alma es la vida que se vive en ella, su objetivo, su función, todo lo que carga a las piedras de alma y de memoria. Y sin duda estas dos casas, estos dos lugares tienen, al margen del interés personal que puedan tener para Pilar Pequeño, una memoria y una simbología importante. Lugares de vida y de muerte, un colegio convertido en prisión y una casa olvidada y abandonada, con un protagonista al que la historia le ha vuelto la cara, olvidándole, negando su existencia.

El segundo aspecto destacable en Huellas es la revisión de lo ya visto. Un ejercicio muy fotográfico, pero de gran valor. Volver a mirar lo mismo dos veces, volver a repetir tomas en los mismos lugares, convierte este trabajo en algo más que un proyecto personal, en una experiencia fotográfica pura. El hecho de que en sus dos partes se dialogue a través del blanco y negro y del color plantea un diálogo entre la realidad y su idealización, entre constructo cultural y revisión de la belleza fría que nos ofrece la realidad. No podemos olvidar al llegar aquí que todo el prestigio que Pequeño ha conseguido en su trayectoria como fotógrafo se asienta en su perfección técnica, en su estudio casi obsesivo de las plantas, las flores, sus partes, la construcción de elegantes bodegones, en la belleza del blanco y negro. Una de sus cualidades más indiscutibles ha sido mostrar una naturaleza en la que el color es esencial solamente en blanco y negro, sin que no solamente esta no perdiera ni un ápice de su belleza, sino, al revés, convirtiendo esas hojas verdes, tostadas, amarillentas, esas flores de verdes y amarillos, de rojos y blancos, en superficies de tonalidades grises, desde el blanco al negro, transformándolas en una representación alterada culturalmente, transformada en otra cosa. La utilización de trasparencias, del agua, de la distorsión de los cuerpos sumergidos en agua, de las flores dentro de vasijas de cristal, donde la fotografía se convertía en pintura, sin dejar el blanco y negro… Esa habilidad no la ha sujetado a seguir siendo su repetición. Pequeño siempre se centró en una naturaleza sin figuras humanas, pero también en una naturaleza absoluta, sin lugar, en el que el paisaje era una excusa, un escenario. Sin embargo, abandona esa zona de confort construida durante décadas para saltar a los invernaderos, unos lugares de difícil definición, entre lo natural y lo artificial. Abandona el blanco y negro en un salto mortal del que pocos fotógrafos salen vivos. Deja las plantas, las hojas en un segundo plano y se fija en los lugares, en la arquitectura.

El cambio radical que da en su trabajo habla sin duda de una madurez que la aleja de la belleza para reconducirla inevitablemente a la belleza, pero a una belleza en la que la huella del hombre ya está presente, una belleza cargada de un contenido mucho más dramático, en el que sigue sin haber figuras humanas pero en el que el diálogo de lo natural con lo construido marca un cambio irreversible. El otro cambio es el del color y de cómo el uso del color cambia por completo sus parámetros estéticos. Donde las formas eran blandas, llenas de curvas dulces, de pliegues suaves, definidos por la naturaleza, pasa a la recta y al ángulo. Formas construidas por la mano del hombre. Vigas y cemento, piedra y barandales de metal, cristal y hierro. Donde antes todo era perfecto, querríamos decir que hecho por la mano de Dios, ahora todo está incompleto, roto, fragmentado, como corresponde al hombre que construye para destruir y nuevamente reconstruir u olvidar y abandonar.

En el blanco y negro la belleza retenía una cierta música, una poesía que empezó a oírse cada vez más fuerte en su trabajo con los balnearios, los primeros lugares, ya abandonados, en los que se detuvo su mirada. Era una belleza antigua, reconocible, estable. El blanco y negro deja espacio para que los sentimientos tengan su propio color. En el paso al color esa música cambia. En sus imágenes a color hay un silencio profundo, la calma que precede a la tempestad, un olor de absoluta contemporaneidad, algo cercano a nuestras experiencias, se trata de una belleza diferente, donde lo feo alcanza cotas de extrema delicadeza, donde lo incompleto, lo roto, lo destruido, lo que ya no es más que basura, detrito, ruina, se convierte en algo sublime, donde un hueco que fue una ventana, una puerta, se convierte en un lienzo perfecto, en una pintura perfecta. Cada una de las fotografías en color ofrece unas infinitas posibilidades de análisis pictórico, al igual que se incluyen en la escuela contemporánea de la fotografía urbana, de la fotografía que repasa ciudades en ruinas, lugares destruidos, buscando el paso del hombre, la explicación de un porqué imposible de entender, de algo que nos explique la destrucción que solo el hombre puede realizar continuamente de su propia obra.

La gran diferencia está en el concepto, que ha cambiado de un vacío existencial solo ocupado por la belleza a una ausencia llena de sentimiento, de memoria, de historia, de símbolos. Se mantiene como un hilo de continuidad la idea del paso del tiempo y de la transformación de las cosas.

Cuando se habla de la realidad en relación con la fotografía siempre pienso que es un planteamiento inocente, alejado por completo del pensamiento contemporáneo. El arte nunca se ha basado en la realidad, ni siquiera en lo auténtico, sino que se ha construido y avanzado sobre símbolos, sueños, apariencias, representaciones, cuentos e historias imposibles, miradas discursivas, de cualquier cosa que pueda servir para contar algo casi imposible de contar. Y no hablo de lo imaginario frente a lo real, ni de lo falso frente a lo verdadero. Simplemente digo que el arte habla de todo lo que es difícil de contar, de cosas que apenas tienen un cuerpo fugaz. Aunque en una fotografía veamos cosas, objetos, lugares que efectivamente existieron en el momento de ser fotografiados no necesariamente se están representando a ellos mismos, sino a lo que su contemplación ha significado para el artista. La experiencia de la mirada, de eso hablan las fotografías. Por supuesto de muchas historias, de poder, y de miedo, de ausencias y de presencias. Después, cuando la obra es observada, cada espectador podrá ver en ella un mundo diferente, recordar sus propias historias y sueños, protagonizar experiencias diversas. De esa materia resbaladiza se construye el arte. Y por supuesto la fotografía. Lo que pone cada artista a través de su mirada y de su mano es lo que hace real la obra, lo que vemos es solo una excusa.

¿Qué siente la fotógrafa enfrente de estas ruinas? Enfrente de un paisaje ya familiar en su decadencia, pero reencontrado otra vez años después, ruinas de ruinas, la certidumbre del final irreversible, el saber que todo tiene el tiempo en contra. La llegada de la muerte absoluta, del olvido. Tal vez sus sentimientos son simplemente estas imágenes, que a pesar de su belleza incuestionable son terriblemente dramáticas.

Pilar Pequeño realiza un trabajo casi de estudio arqueológico volviendo a los mismos lugares abandonados, que no parecen interesar a nadie, olvidados aunque llenos de vidas y de muertes, repletos de historia, de otros tiempos. Paseamos a través de su mirada por estas arquitecturas, estos espacios en los que han pasado tantas cosas y podemos sentir las respiraciones de los niños, las pisadas de los militares, los susurros de las sotanas, sentimos el miedo de los presos, el dolor. El paso del tiempo destruye los muros pero no la memoria de todo lo que se vivió entre ellas. Seguimos sus huellas, deambulando por estos espacios que seguramente nunca pisaremos, guiados por unas imágenes que nos atraen hacia adentro de unos lugares que suponemos vacíos, unos lugares que todavía perduran y que a través de estas fotografías ya vivirán para siempre, salvados del olvido y de la muerte.

Libro: Huellas | Traces. Pilar Pequeño. Edición Pilar Pequeño Distribución La Fabrica. 2017