un viaje inconcluso

Luis Revenga

Para adentrarnos en el fascinante mundo de Pilar Pequeño es obligatorio, a manera de prólogo, comenzar con una cita de José Puga, sin duda el mejor y más temprano conocedor de su obra fotográfica: «Cuando uno se encuentra con un autor que presenta una obra consistente, que ha ido evolucionando a través de la profundización en su trabajo y del estudio de las formas de expresión de su momento y de su medio cultural, tiene que alegrarse…»

Desde luego el camino recorrido por Pilar Pequeño —desde aquella experimental fotografía, Sin título, de 1981, en la que contemplamos ropa tendida, hasta, por ejemplo, Bodegón con plato de ciruelas y uvas, 2006—, conforma un extraordinario viaje en que vivencias y trabajo se interrelacionan y conjugan para alumbrar una serie de secuencializaciones fotográficas en las que se evidencia lo que significa para un artista aprender viviendo, experimentar como necesidad primera, dialogar con la memoria y el tiempo real (el del instante de su vida en que se produce cada una de sus fotografías).

Series fotográficas —Paisajes, desde 1982; Invernaderos, 1982 a 1990; Hojas, 1985; Washington, 1988 a 1991; Plantas, a partir de 1993; Plantas en el agua, desde 1995— en las que la intuición, juego y pensamiento articulan un discurso de luces y sombras, el fundamento de los fundamentos de la fotografía.

Superficies producto de diálogos íntimos, cortos, desde lo más profundo de la autora, siempre buscando la belleza.

 

Segundo trayecto

Al llegar este punto, ya sabemos que las series fotográficas de Pilar Pequeño son páginas del poemario de su andadura vital, de sus experiencias: espíritu y cuerpo.

Marie Geneviève Alquier fue quien se apercibió en primer lugar de ese viaje y su forma narrativa: «No sé los años que lleva. A mí me parece que siempre hubo una Pilar Pequeño andando sobre la vida escribiendo haikus» (F.V. Foto Vídeo Actualidad, nº 48, 1992). Fotografías: visiones interiorizadas, minuciosas y sencillas, pero que, más allá de su apariencia, nos predisponen e invitan adentrarnos en las exhaustivas reflexiones de estos poemas visuales que transmiten una especie de estado de gracia permanente. Formas que se nos antojan estar ordenadas geométricamente, y que siempre ejecutan los movimientos que se propuso su autora; ella eligió, deseó y quiso informarnos de cada uno de los instantes que la conmovieron. La información en las fotografías de Pilar Pequeño surge del conocimiento, del amor; y lo hace en el momento en que reconocemos. Dice Antonio Tabucchi: «La esencia de lo verdadero ¿se halla en lo que está bajo la máscara o en la propia máscara?»

Sueños. Invenciones. Señales

Pilar Pequeño en sus reinvenciones fotográficas —primero vividas, y después soñadas— esconde bajo apariencias y simplicidad (zurbaraniana) la fuerza de una obra en la que el orden y la racionalidad del itinerario y el poso cultural que acumula, experimenta y se transforma y progresa continuamente.

Lúcido ensimismamiento. Sensualidad. Soledad; soledad que comparte con nosotros, espectadores. Naturalmente, en su itinerario vital y creativo, Pilar Pequeño descubre a Edward Hopper y aprende de él a diseccionar con luces y sombras un lugar (decorado) y el instante en el que se produce esa visión que se capta y se reinventa.

Siguiendo tramo a tramo las series de Pilar Pequeño, infinidad de diminutas señales, sutiles y delicados gestos, nos informan de la poderosa y detallada capacidad de la fotografía para reproducir la vida interior y la marcada huella que imprimen lo vivido y la cultura.

«La sustancia está dentro, la apariencia está fuera».
Antonio Tabucchi

Penúltimo trayecto

¿Sabemos leer todo lo que encierra, lo mucho que atesora la obra de Pilar Pequeño? Cada una de las series y las fotografías de este libro son el resultado de una meditada elección por parte de su autora: al obtener la imagen, primero; al editarla, reafirma su discurso. Elegir e intuir, también. Si miramos hacia atrás, nos encontramos con una obra de total coherencia en la que se integran figuración y abstracción; obra experimental, abierta en todas sus etapas. Pilar Pequeño no se complace en invenciones esteticistas, ni se repite nunca en sus múltiples variaciones sobre el mismo tema; tema que aborda una y otra vez con nuevos datos, sabia nueva, sin disimulo. La obra de Pilar Pequeño es crónica de su vida diaria y es identificable. No necesita ningún discurso teórico que la sustente. Me gustaría plantear la posibilidad de que el lector obtuviera más información y conocimiento sobre la obra de esta autora imprescindible. Para ello propongo asociar a sus obras alguna fotografía concreta y algún autor:

Filter Pickers h. 1880. de Frank Meadow Sutcliffe
Garden Tools and a Straw Hat. 1843-1844, de Hippolyte Bayard
Toadstool and Grasses, Maine, 1928. de Paul Strand
Los autores: Josef Sudek, Ansel Adams, Stieglitz, Irving Penn y Robert Mapplethorpe (flores/máscara).

Continuará

La excepcional brillantez del delicioso discurso de Pilar Pequeño, su insólita mirada, las sorpresas que produce leer sus imágenes, siempre están impregnadas por las ondas y los detalles de sus viajes. Viaje a países, imaginados o ya vividos por nosotros, pero que guiados por ella, revisitados, convierten los gestos reales en reflejos feéricos de la realidad transformada, reinventada por ella. Gestos que la autora conforma, formas que cambian ante nosotros sin ofrecer resistencia.

Pilar Pequeño provoca con sutil sabiduría y humildad nuestra posibilidad y capacidad de atravesar espejos. Sus revelaciones, como el haiku japonés, son siempre intensas: en sus fotografías, como en La Anunciación de Fra Angélico, prevalece el hermosísimo y luminoso haz de luz, repentino, impactante, que nos amplía. Y así, foto a foto, día a día, secuencia a secuencia, aprendemos lo que ella previamente aprehende. Espero que Pilar Pequeño no tenga nunca la ambición de concluir el elocuente y mágico viaje emprendido.

Otro tramo

Escribo estas líneas con la intención de ser preciso y elogioso: el viaje de Pilar Pequeño mediante sus nuevas secuencias, Huellas y Bodegones, continua el viaje emprendido y expresa aún con mayor fuerza las convicciones de la autora, su mundo personal, su peculiarísima estética, el no cejar en reinventar y aportar su lúcida experiencia a la fotografía analógica en blanco y negro. Sus fotografías, su aparente y necesario look de simplicidad (zurbarariana, como ya hemos apuntado), de facilidad (que en absoluto lo es), esa sensación de sencillez, transparencia y pureza requiere de su visión del mundo y de una más que depurada técnica para expresarla. Sus fotografías son páginas fotográficas para la eternidad. Así, debo avisar al lector: este libro pretende y se interesa sobre todo en secuencializar las imágenes que muestra (todas en su conjunto y cada una separadamente). Así nos enseña Pilar Pequeño cómo prosigue su camino: podemos elogiar ese viaje, que, tal es la energía y el afán de nuestra fotógrafa, siempre está vivo. Y continuará, sin duda.

Sería absurdo, llegados a este punto de la obra de Pilar Pequeño, reconocida y admirada tanto por especialistas y coleccionistas como por el gran público, intentar imponer un discurso, añadir citas. La obra de Pilar Pequeño se impone al espectador sin necesidad de aparato crítico. Es muy sencillo, a poco conocedor que sea, advertir, por ejemplo, en sus bodegones que su imaginería entronca directamente con nuestros clásicos: pintores (Meléndez, Goya) y escritores (Cervantes). Las intenciones de Pilar Pequeño siempre las encontramos en las superficies de su obra, en la piel, de ahí su profundidad, su hondura.-

 

Otro tramo

… y ante la superficie silenciosa
del ébano sutil cuya tersura
repite como un sueño la blancura
de un vago mármol o una vaga rosa…

El hacedor, J.L. Borges

Libro: Pilar Pequeño. PhotoBolsillo. Segunda Edición. La Fabrica. 2017