La poética de la luz

María Teresa Gutiérrez Barranco

… Y nubes e ilusión del color de estas piedras
por los siglos roídas,
muro antiguo con musgo recubriendo las tejas
rojizas y con olmos
de frondoso verdor y con música nueva,
huellas de pies anónimos
como firmas de polvo escritas en la acera,
fugaz tránsito humano…

Maduro para el sueño
Juan Ruiz Peña

El trabajo Huellas te convierte desde el principio en espectador cautivo. Comienzas escuchando el silencio, viajando al pasado desde el presente, navegando por sus sutiles colores, impregnándote de la magia que te envuelve, escuchando el ulular del tenue viento que se presiente en el exterior de los edificios; contactas con las vidas anteriores, las sueñas, las imaginas. Estamos respirando en una atmósfera viva.

La autora, con su sensibilidad envolvente, vivifica lo inanimado y nos invita a compartir con ella un viaje sentimental a través del tiempo, compartiendo el poema épico visual que ha creado. Ha construido este poema fotográfico con sus sentimientos personales y lo ha versificado con un color alejado de lo llamativo. Ha tejido su lenguaje sobre el paso del tiempo y la belleza decadente, y nos transporta con ello a tierras íntimas y remotas tanto de su propia alma como de los lugares y las cosas.

La poética de lo que fue, de un tiempo ido, de un tiempo ya muerto. Depurado lenguaje visual que consigue que el pasado retorne al presente a través de sus encuadres llenos de emoción. Las paredes arañadas y deslucidas, la elección de las luces, su creación de instantes que congelan este momento, salvando lo que ya el tiempo destruyó parcialmente. La poesía y la fotografía para dar nueva vida.

Ha realizado su propio viaje interior y las imágenes conseguidas están, por ello, muy alejadas del frío registro fotográfico documentalista. Su visión es una simbiosis entre su mundo interior y los escenarios que tiene ante sí, con la que consigue, tal y como nos tiene acostumbrados, una narración auténtica y veraz. Escenarios agonizantes a los que hace hablar: les presta sus propias palabras para que nos cuenten historias.

Integra los edificios en el tiempo actual y, como Lázaros resucitados, nos los ofrece en una síntesis visual formada con el intimismo de su propia mirada de fotógrafa grande, llena de sencillez y de sugerencias. La autora trata de esconderse evitando protagonismos, al tiempo que tiñe todo con la maestría de su buen hacer, de su oficio, en todo lo que toca fotográficamente. Y, siempre así, con la gran humildad de los maestros a los que solo les importan las criaturas que crean.

El trabajo que nos presenta tiene sus antecedentes en las primeras fotografías que tomó en 1997 de las ruinas del hotel-balneario de Mondariz.

Cuatro años más tarde realiza la bella fotografía de la casa abandonada de Pedras Salgadas, en el norte de Portugal. Una imagen en la que el dominio de las luces y su capacidad para poetizarlas se nos muestran, una vez más, como una de las características más relevantes de la autora.

Huellas es un relato visual sobre la poética del paso del tiempo. En él confluyen avatares de dos recorridos. Dos escenarios que se funden en una única narración íntima y personal. El Baixo Miño y, en el otro extremo geográfico, el Mediterráneo del Mar Menor.

Un profundo y conmovedor diálogo con dos edificios que van muriendo lentamente. Transformación del fin en un nuevo comienzo. La pérdida como enriquecimiento. Suma de historias acumuladas entre sus paredes. El alba sucediendo a la noche.

Mar Menor

Las inclinaciones marineras de su marido la llevan al mar Mediterráneo. Allí ella, que es de tierra adentro y de caminos por andar, descubre, en sus paseos a solas con sus cámaras fotográficas, el edificio del Mar Menor. A él la llevan los caminos pegados a la tierra incandescente, a la tierra de calores profundos. La vista del edificio desde el exterior, arropado por palmeras y vegetación, es tan hermosa que se instala en su retina.

La atracción es inevitable y, cargada con su cámara, penetra en el silencio de los muros abatidos. La luz es firme como hija fiel del Mediterráneo y es una luz que alumbra abandono, cascotes, techumbre esquelética y descarnada, ventanas sin cristales, huecos de las puertas que allí hubo… Pero es una luz que no trae tristeza, viene caliente con el alba cargada de sal y templanza. Una luz que ella sabe captar casi con el olfato e intuye que llega de todos los rincones de aquellos muros; sabe que viene de la soledad reciente de la noche y percibe en ella el espíritu que empieza poco a poco a ser otro.

Y comienza a elaborar imágenes: la palmera que casi se toca desde el interior, el limpio horizonte del mar, las ramas de los árboles, sus mecidas hojas. En sus imágenes crea atmósferas de interior mezclando diferentes estancias, con lo que consigue perspectivas y líneas elegantes que adornan aún más la decadente belleza de la decrepitud.

Después de una pausa de años, vuelve a encontrarse con el edificio para mostrarlo esta vez en color. Vemos la palmera convertida en un tronco descarnado con la copa muerta a sus pies. Es la viva imagen de la desolación. La techumbre con su esqueleto aún más adelgazado. Los ladrillos que han perdido el revoque protector. El inexorable paso del tiempo que, a su vez, ha traído el polvillo rojo y ha vuelto a pintar las paredes embelleciéndolas.

En el exterior los mismos horizontes limpios, la misma invitación a la vida. La vegetación fuera, expectante en la puerta o iniciando su entrada al interior por encima de las barandas. La vegetación con sus hojas vivas observada desde dentro como si de cuadros adornantes se tratara. Ventanas o el hueco que dejaron y la naturaleza llena de voluptuosa vida, de vida y de aire resucitador, de romanticismo vivificador.

Baixo Miño

Algo más tarde, a orillas del río Miño cerca de su desembocadura, Pilar comienza su trabajo en otro edificio. El lugar es especial para ella, puesto que está ligada personalmente al Baixo Miño. Bajo esa luz atlántica pasó los veranos de su infancia y adolescencia en la casa familiar de sus mayores. Quizás esa luz y el clima atemperado que alimenta plantas y una bella vegetación dejaron su semilla en la sensibilidad infantil y en su gran capacidad de observación. Ella se alimentó durante largas temporadas al año de los paisajes de Galicia, de su océano y sus bosques, de las atmósferas que van transmitiendo a todas sus generaciones la imaginativa y viajera cultura celta, los versos de Rosalía y los de Celso Emilio Ferreiro, la prosa de Álvaro Cunqueiro, los inteligentes dibujos de Castelao, todo ello enredado en las ramas de los castaños y meciéndose entre las olas que van y vienen entre continentes. Extraordinario y fértil alimento para un alma de sensibilidad exquisita, profunda inteligencia y talento para el dibujo.

Cerca de su casa familiar estaba el edificio que ahora nos ha traído en fotografías. Fue el colegio en el que se educó su padre. Años más tarde lo ha recorrido entrando en su abandono para hacer su propio viaje sentimental, un viaje muy personal a su propio pasado. No es difícil imaginar a Pilar fotografiando ese lugar que se muestra en su total decadencia con sentimientos encontrados de tristeza y serenidad al mismo tiempo. Los muros, la soledad y el silencio envolviéndola, arropándola. Tanta belleza, tanta historia, para ella que es creadora de Belleza con mayúscula, han debido ejercer una irresistible seducción y un fuerte e intenso aldabonazo para su propia alma.

En el Atlántico hay un mayor protagonismo de la exuberante vegetación, vegetación invasiva, felizmente invasiva. De nuevo percibimos la tierra cercana, el paisaje cotidiano de las terras últimas gallegas. Ramas y hojas que se levantan al cielo, misteriosas brisas, lluvias vivas. La naturaleza reconquistando lo que fue suyo, su propio territorio. Enredaderas que ascienden muros y tiempos, que traen nuevas ramas y nuevos olores. Verdes infinitos, inmensos. Formas nacientes, fantásticas y de nuevo cercanas, pintando muros, creando nuevos colores, rugosidades crecientes cargadas de futuro. Quebrar las piedras como si fuese su consigna. Hojas que no están muertas y arrastran las ramas endurecidas hacia un renovado ciclo de ternura. Vida de otros tiempos. Ensueño de colores delicados e intensos. Trepa la hiedra hacia la luz, los muros se aclaran más altos de verdor. Se siente el silencio, la sombra en la pared, los pasos perdidos.

Como en el Mar Menor, sabemos que las aguas marinas están cerca; nos parece percibir que su sonido llega hasta estos muros llenos de misterio con sus piedras derruidas y agrietadas, consoladas por la envolvente hiedra o la cercana palmera.

De nuevo el dominio estético de los espacios interiores invitándonos a transitar por ellos. Estancias con perspectivas que engrandecen y que nos llevan siempre hacia la luz. Juegos de espacios combinados. Texturas y atmósferas. Luces y sombras. Ritmo y duplicidad de espacios. Cuidados encuadres de las líneas arquitectónicas que ensalzan la elegancia y la belleza. Puertas y ventanales. Perspectivas llenas de aire y luz.

Espléndida la bellísima armonía de la toma del patio central con sus marquesinas y soportales o la serenidad de la estancia que se adivina como la antigua capilla con sus esbeltos ventanales ojivales que se alzan al cielo.

Y la presencia de sus otras gentes que antaño allí estuvieron en esos objetos encontrados y cubiertos por el polvo de los tiempos. Las barcas, la silla arrinconada, los cubiertos, el vaso. Restos de vida sabiamente incorporados a estos territorios que las fotografías han salvado de la muerte y del olvido.

 

Huellas

Así nos ha ido dejando imágenes suspendidas en el tiempo, imágenes plenas de belleza y decires, imágenes que nos siguen, diluidas como el polvo dorado de los caminos que vamos recorriendo cada uno. Las fotografías de Pilar Pequeño se van uniendo en nuestra geografía cultural a las de otros maestros, como se nos van pegando al alma los versos de nuestros poetas elegidos, los rincones de los lugares entrañables o el deseo de nuestros sueños por cumplir. Las fotografías de Pilar Pequeño forman parte de nuestro acervo cultural y personal. El que nos mueve.

Las ruinas son la síntesis y la encarnación de la batalla constante entre la vida y la muerte. Las ruinas son destrucción, destrozo, devastación, pérdida, desolación, desastre, escombros, miseria, declive, desgracia, olvido. Pero son también memoria, soledad creativa, belleza intrínseca a su decadentismo, evocación, silencio, serenidad, vida nueva. Vida renovada con la recuperación de recuerdos, con la sugerencia de fabular sobre múltiples situaciones o de rescatar historias personales, vida que se transforma en otra vida nueva, vida que se transmuta.

La autora de estas fotografías lo ha conseguido. Ha creado un poemario visual con la luz, siempre la luz, su eterna aliada por íntimo conocimiento. Su propia visión, tan personal, de estas ruinas nos convierte en espectadores privilegiados de los espacios que nos ofrece. Crea atmósferas nuevas, lugares en los que un vasto y profundo silencio se oye y se escurre dentro de nuestros oídos. Crea espacios en los que penetramos llamados por cantos de ancestrales sirenas y con el temor de hollar, de pisar la brizna de yerba que se escurre por el suelo y que no queremos macular. Sentimos el aire añejo cargado de palabras antiguas que nos susurran historias al oído, percibimos la lluvia que año tras año ha empapado los muros, la oímos cuando repiquetea en los restos de los cristales, casi la sentimos en nuestro cuerpo que también dejamos que sea acariciado por el sol, que todo lo ocupa, cuando nos trasladamos al edificio que ha fotografiado y recreado en el Mar Menor.

En las batallas entre Eros y Tánatos siempre consigue la victoria el primero. Es la victoria del amor, de la vida. Nos hace entrar en círculos nuevos donde la muerte y la destrucción los reconvierten en nuevas formas de vida a través de la belleza. Si nuestras percepciones pueden resultar, felizmente, literarias, es porque la autora hace literatura con la riqueza expresiva de sus fotografías llenas de sugerencias y lirismo. Domina, como pocos, la quintaesencia de la síntesis narrativa de una imagen fotográfica. Imágenes, por demás, cargadas de poesía a través de la verdad, la verdad de su propia honestidad ante lo que hace. Siempre alejada de la impostura, de lo artificioso o de cualquier clase de algarada.

A la belleza, como a la bondad, se llega por la verdad, nos dijo Platón. No hay poesía sin verdad, sentenció Goethe. Pilar, cuando trabaja, se sirve de su sensibilidad, de su sinceridad, de su oficio y de su maestría. No necesita más. Lo hace cuando elige para trabajar dos lugares con luces dispares: la suavidad atlántica y la fuerza de la luz mediterránea, que en su dificultad no ofrece concesiones al fotógrafo. Lo hace cuando utiliza el color, un color que ella aleja de la realidad transformándolo con suavidad, sin ruidos, y creando armonías tonales.

Los encuadres sometidos a sus acertados ángulos de visión. Los juegos de miradas desde el interior hacia el exterior para que nadie se sienta encerrado. Los muros arañados, vejados por el tiempo, transformados en viejos impregnados de belleza, cargados de historias. Y, como no podía ser menos, la vegetación.

La vegetación y su vida nueva o diferente, que es lo mismo. La enredadera que comienza a alfombrar el suelo, la rama fuerte y nueva que penetra por la ventana, la palmera viva y la palmera muerta atacada por la enfermedad, solo el tronco con la copa desgajada a sus pies.

A su observadora mirada nada pasa desapercibido y le sirve para su síntesis narrativa de pasado-presente, presencia-ausencia, vida-muerte, realidad-ensoñación, vida material-vida de los sentimientos, poética real-poética de lo soñado, de lo recordado, de lo deseado. Juego de espejos espacio-temporales de los lugares enriquecidos por la simbiosis entre la objetivación de los restos materiales y la visión personal de la autora, que dibuja sobre ellos su propia serenidad, sus ensoñaciones y sus sugerencias.

Estamos ante un trabajo maduro realizado con un tempo lento, durante casi dos décadas de diálogo intenso y profundo. Diálogo con los lugares, con sus luces, sus grises, sus colores, la materia de sus muros, la atmósfera de sus espacios y las invasiones de las plantas, estableciendo un nuevo recorrido vital. La vida sucediendo a lo que se anuncia como principio de la muerte, como si de un ciclo bíblico se tratara. Nuevas formas recién encontradas. Senderos de ida y vuelta. Sueños de antaño, luces para nuevos días.

En este trabajo es un acierto incluir el autorretrato de la autora junto al edificio del Mar Menor. Su persona integrada en estos muros. Elegancia paralela: el árbol y su cabello mecidos por la brisa suave creando una continuidad. El mar al fondo.

Una historia viva que se ha ido gestando durante la elaboración de esta serie de fotografías que, a su vez, debería cerrarse con una que no debemos olvidar. Una que simboliza el desgajamiento de sus raíces íntimas con el Baixo Miño: la fotografía de la habitación vacía que, como único referente personal, tiene una lámina de un cuadro de Edward Hopper en la pared (una mujer, la del pintor, sentada a los pies de una cama), una de las más expresivas e icónicas imágenes de la soledad, de la desolación, como la que debió sentir en su interior Pilar al despedirse de la casa de sus mayores. Su última mirada hacia un lugar ya desprovisto de enseres y muebles, pero que siempre va a seguir formando parte de su piel y protagonizando su geografía sentimental como el Edén de su infancia.

Con la inclusión de estas dos imágenes tan personales, el autorretrato en el edificio del Mar Menor y la despedida de la casa familiar, se delata y sin querer nos pone de relieve su vinculación emocional y sentimental con el trabajo de Huellas.

 

Su obra

La creciente admiración que suscita la obra fotográfica de Pilar Pequeño ha conseguido que cualquier expresión o palabra resulte pobre para definir una obra que ha sobrepasado incluso sus propios límites.

Redundando en lo ya dicho sobre el trabajo de Huellas, las fotografías de Pilar se han caracterizado desde sus inicios por un buen oficio técnico y formal al servicio de la autenticidad de sus planteamientos. La veracidad ha sido el soporte natural de su obra fotográfica. La belleza conseguida desde el origen de la verdad. La ética y la estética como andamiaje de sus planteamientos. Pilar ha construido un corpus fotográfico insigne en el que ha universalizado con carácter atemporal, sutil y sugerente no solo el mundo natural sino todo aquello que ha fotografiado.

Con las plantas, especies florales, agua, parajes naturales, ha deificado la naturaleza, ha creado una visión fotográfica panteística del universo de estos elementos, ofreciéndonos una realidad alternativa al prosaísmo que, a veces, invade lo cotidiano. Ha creado un mundo más hermoso y real que la realidad misma.

Su conciencia, su espíritu sereno y respetuoso, está con la misma presencia magmática en sus fotografías de Washington, en los espacios interiores, en los ventanales íntimos y en los visillos mecidos por la brisa de diferentes lugares, en sus bodegones que recrean la atmósfera de los del Siglo de Oro, en las huellas que van dejando las ruinas, en su mundo propio, un continuum de poemas visuales que ya han llegado a formar un poemario difícil de superar.

Pilar, desde su incuestionable modernidad, ha ido tejiendo con su trabajo infatigable y su refinado perfeccionismo un gusto especial por el paisaje, una visión libre de la belleza, una manera propia de exaltar la naturaleza, y así podríamos continuar hasta completar los cánones filosóficos y artísticos del Romanticismo porque estamos ante una obra neorromántica que se ajusta a ellos de forma objetiva.

A ningún seguidor de la obra de esta autora le habrá pasado desapercibida la elección de su propia trayectoria fotográfica al margen de tendencias y modas. Su romanticismo al escoger el tema de la exaltación de la naturaleza, en un momento cronológico en el que este no estaba al uso, es por tanto un camino contra corriente en el que hay una afirmación de su propio gusto y tendencia personal.

Siempre la creatividad frente a la imitación, rasgo muy característico del canon del Romanticismo.

Su obra nunca cerrada, siempre abierta, aun con discontinuidades temporales, a su propio crecimiento y expansión transversal. La nostalgia de los paraísos perdidos.

La atracción por lo que aparentemente está muerto o moribundo. Plantas ya cortadas, hortalizas arrancadas de la tierra, edificios que se desmoronan, rincones solitarios, interiores que aún no han despertado del sueño. Nueva vida en el rescate en imágenes para el presente y el futuro.

La obra de Pilar Pequeño es una perfecta síntesis de un espíritu romántico y una gran modernidad formal. Expresión depurada de su maestría artística.

Libro: Huellas | Traces. Pilar Pequeño. Edición Pilar Pequeño Distribución La Fabrica.2017