la samanna, impresiones
Texto: Luis Revenga

El amanecer ilumina la arena de la playa en Baie Longue que parece prolongarse hasta el infinito. Su arena tan blanca, tan suave, es la envoltura

ideal. Las nubes que limitan el horizonte en los días nublados dan vigor y firmeza a este extraordinario paisaje, conformando un paisaje romántico que parece salir de alguno de los cuadros de Caspar David Friedrich (1774-1840).

En el estanque los remolinos que forma el agua, impulsados por una suave y fresca brisa, nos regalan un punto de agrado, bienestar y tranquilidad que va de más a más, girando y emitiendo sones: el agua y el viento murmurando.

Luego, La Samanna, el hotel que no hemos construido dentro de la cabeza, que no es un lugar inexistente. En estas páginas es un lugar real, existe. No estamos escribiendo la crónica de un sueño.

Pilar Pequeño (PP): Trabajar en La Samanna, en aquellos espacios tan luminosos, con aquella quietud, es un privilegio. Tuve percepciones y sensaciones nuevas y pude experimentar con mi trabajo haciendo fotografías diferentes. Naturalmente, estas vivencias únicamente puedo transmitirlas contándolas en blanco y negro, siempre ha sido así en mi caso.

Pero, puntualizo: habitualmente la publicidad, los folletos, las postales, cualquier información que haga referencia a la industria hotelera y al turismo, siempre a todo color. Nos reímos. Entendemos muy bien que esto sea así, y que incluso sea esa la forma de vender actualmente cualquier producto.

PP: Al revisar los materiales que utilizaremos para elaborar el libro, me invade una cierta melancolía, recuerdo la playa y la alegría, la viveza de aquellos perros que parecían jugar con la luz y la arena, que permanecían echados soleándose plácidamente, o me seguían por la playa y parecían querer atraer mi atención. Viví momentos mágicos que me gustaría poder trasmitir a quienes se acerquen a estas páginas.

Los diferentes edificios que componen el complejo La Samanna, los porches, dormitorios, cualquier dependencia o rincón interior o exterior y muy especialmente el lugar geográfico en el que está ubicado (es como un aderezo de refinadas joyas perfectamente engarzado, contenido en un magnífico estuche), la naturaleza, esa porción mágica del Mar Caribe, Baie Longue, el conjunto y su disposición, de una exactitud modélica.

PP: Al estar en La Samanna se siente la naturaleza tan próxima, tan a mano. Fue un sentimiento especial para mí. A pesar de haber pasado buena parte de mi vida junto al mar. Ten en cuenta mi ascendencia gallega. Pero no conocía el Caribe hasta que visité la isla de San Martín. Sabía de sus efectos visuales y su atmósfera por las acuarelas de Homer. Los jardines, la luz, los vallados, las casas. Es todo tan sugestivo y está tan impregnado de historia…

En efecto, hay en los dibujos previos que siempre acompañan las fotografías de Pilar Pequeño una cierta admiración por Winslow Homer (1836-1910). En algunos detalles de una localización, en sus apuntes sobre plantas o ya en las copias definitivas (para ser impresas o formar parte de una exposición), también observamos las influencias de Claude Monet (1840-1926), especialmente en sus series de pinturas durante su estancia en Giverny. Esto último es evidente en la fotografía del remolino en el estanque y en esa otra toma, la de la bellísima palmera bulbo, que no sólo es la palmera, aunque en esa imagen esté desprovista de su entorno natural en La Samanna, el mar y esa luz particular que recibe del reflejo de la arena. En el caso de esta fotografía nos encontramos ante la esencia de la palmera. Un prototipo de palmera muy especial.

Luis Revenga (LR): ¿Una palmera, es más una palmera en el Caribe?

PP: El Caribe es, repito, su entorno natural. Las palmeras soñadas son así y están allí… Es como imaginarlas en el paraíso. Ellas te señalan el camino al mar y la playa en la que se integran.

LR: ¿Y el olor?

PP: También. Es como percibir el sabor de ese cóctel de color rojo con el que te reciben al llegar a la Samanna. Imposible definirlo, aunque va a permanecer siempre en nuestra memoria (visual y gustativa). El olor y la luz fueron el primer impacto que recibimos cuando llegamos. El olor era muy delicado, la brisa estaba impregnada de aromas especiados, muy suaves, y todos los jardines iluminados. Las formas de los flamboyanes de los que aprovechan su estructura, que es preciosa, y les ponen luces justamente detrás y así destacan sus figuras… Por la mañana es diferente, la luz en el Caribe es muy cambiante, eso es lo interesante, tratar de capturar las diferentes luces y su efecto sobre el mar y la arena, las plantas, los porches... Al amanecer la luz entra en diagonal, muy baja, y si paseamos por la playa se iluminan las pisadas en la arena, conformando un reguero de pequeñas huellas que tienen forma de media luna. Es a esa hora cuando comenzaba a trabajar. Y fue en uno de esos amaneceres cuando conocí a los perros que me acompañaban cada día.

Como podemos ver en este libro, en esta secuencialización de fotografías de Pilar Pequeño, los días en La Samanna son de luces cambiantes en los que transcurren las horas siempre tranquilas, relajantes. A veces, pocas, amanece nublado y la luz en los jardines, en las hojas, en las ventanas es motivo de encantamiento, especialmente si el milagro que origina la expansión de las múltiples gamas de negros, blancos y grises lo capta la cámara de Pilar Pequeño.

LR:¿Pilar, como pasan los rojos del flamboyán a blanco y negro?

PP: El color del flamboyán es como un sueño y no siento ninguna prevención al usar tantas veces -refiriéndome a la isla de San Martín y a La Samanna- la palabra sueño. En La Samanna, los flamboyanes están muy presentes y cubren con las hojas de sus flores el suelo y los caminos, creando una sinfonía de rojos.

En el desayuno, ocupábamos una mesa cerca de un flamboyán que parecía colgado sobre el mar. Es el árbol ideal para las imágenes en color. Hay autores que hacen su obra en color y me gustan mucho. Pero, en mi caso, prefiero utilizar la abstracción que supone la ausencia del color. Cuando trato de transmitir los sentimientos que me produce una imagen, lo hago mediante luces y sombras, con claroscuros. El blanco y negro destaca la estructura y las formas de las cosas y las convierte en elementos más sugerentes, potenciándolos visualmente. El blanco y negro me ofrece la esencia del Caribe, del flamboyán, de la palmera, de una flor o una fruta. Todo aquí es más íntimo. El misterio, la emoción, intento obtenerlos mediante insinuaciones de luces y sombras. Para mí, el trópico es más trópico y el silencio o el rumor de una ola es más en blanco y negro.

LR: ¿Y el nombre, La Samanna?

PP: Me encanta que me hagas esa pregunta.

Y me contó del nombre del hotel: sorpresivo.
Como en otras de las historias de la isla, la del nombre del hotel está en la mejor tradición literaria caribeana. Es como el comienzo de un hermoso cuento: el primer propietario tenía tres hijas que se llamaban Samanhta, Annouk y Nathalie y, naturalmente, quería a las tres por igual. Y así, queriendo perpetuar sus nombres, eternizarlos, tomó las letras iniciales de cada uno de ellos formando la palabra Samanna, el nombre que el hotel conserva hasta este momento.

Los bodegones de Pilar Pequeño, siguiendo la más pura tradición de los grandes pintores españoles del siglo XVIII, analizando luces y sombras, despojando al objeto de lo superfluo, de lo accesorio… Elaborando, reinterpretando imágenes reales para ofrecer al espectador la esencia de una flor o un espacio. Haciendo abstracción del color que ella sustituye equilibrando luces y sombras.

En la geometría de las múltiples hojas de una palma surge un misterioso y sugerente abanico. Un muro puede mostrarnos la eterna vigencia del color blanco. Un porche es el equivalente del reposo. Una butaca en uno de los porches de La Samanna nos transmite el espíritu de tradición y modernidad que caracteriza el hotel, una prolongación hoy en día del esplendor y elegancia y comodidades de las que se sirvieron siempre los afortunados viajeros, desde los años 30 del pasado siglo hasta el presente.

En cuanto a la historia de esta isla antillana del Caribe, como adelantamos líneas arriba, está inscrita en los presupuestos literarios del realismo mágico. Fue Cristóbal Colón quien la divisó en 1493, el día 11 de noviembre, día de San Martín de Tours; y en su honor se bautizó a la isla. Conquistadores holandeses (1620)… Reconquista española (1633)… Múltiples aventuras y continuos y obligados cambios de nacionalidades… Al fin, sus habitantes fueron únicamente holandeses y franceses. En 1648, el 22 de marzo, se firmó un acuerdo entre los reinos de Francia y Holanda que dividió la isla en dos partes. Una historia popular, una leyenda, cuenta que para dividir la isla salieron de un mismo punto dos ciudadanos, uno francés y el otro holandés, que debían llegar cada uno a un extremo de la isla, rodearla y encontrarse de nuevo. Sería en el lugar del encuentro donde debería trazarse la línea fronteriza. De esas dos mitades de San Martín cuentan también que, si la parte francesa es la más grande, se debe a que el andarín holandés era más dado a la bebida y menos ágil que el correcaminos francés. La isla de San Martín dista aproximadamente 240 kilómetros. del este de la isla de Puerto Rico. Las principales ciudades de San Martín son Marigot, del lado francés, y Philipsburg, del lado holandés. Y Baie Longue es una de sus playas más espectaculares.
Pilar Pequeño, en esta exquisita sinfonía en blanco y negro que supone este libro, siente no poder ofrecernos los sonidos que tanto la conmovieron en su estancia en San Martín.

PP: Los sonidos, los siseos de animales mínimos, los pipíos y cantos de los pájaros, el rumor de las olas, del viento… Sonidos que te acompañan siempre en San Martín y producen sensaciones muy vívidas. Todas las noches, al salir de mi habitación en el hotel La Samanna, una diminuta, extraña y bella rana arbórea, tarareaba bajito: chowi, chowi, chowi...

Del libro "La Samanna, impresiones ". Editado por La Samanna en 2007.

 

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