La mirada hacia adentro
Texto: Maria Ángeles Sánchez

Agapantos

Agapantos

Te dice: “ahora ando con el agapanto”. Y le brillan los ojos de tal manera que andar con el agapanto se convierte en una aventura apasionante.

De ahí nace el trabajo creativo de Pilar Pequeño: de la pasión. De adentro, de lo que es verdad, de lo que no pasa por filtros, ni modas, ni tendencias, ni mercados, ni reales o supuestas modernidades. De aquello que surge con tal fuerza de lo más hondo que resistirse es tarea inútil. E indeseada.

De esta forma ha ido construyendo, a su aire, con calma -sus imágenes son destilados de la imagen-, casi se diría que a cuentagotas, una obra sólida, coherente, personal y absolutamente reconocible.

Porque, además de la pasión, Pilar es el paradigma del tesón. El tesón no garantiza, ni mucho menos, la bondad de un proceso artístico. Pero sin él, es muy difícil que se consiga.

Porque tesón quiere decir, en este caso, sueño, ilusiones, confianza, fe ciega. Tesón, aquí, quiere decir también proyecto, discurso, lenguaje, dominio de la técnica, mirada propia.

Invernadero

Invernadero

Una historia para contar

La relación de Pilar Pequeño con la fotografía es una historia que se puede contar. Y no requiere de demasiadas palabras. Como casi todas las cosas importantes de la vida. Las largas explicaciones, los adornos, los embelecos, a menudo esconden verdades en exceso relativas; aunque toda verdad lo sea en sí misma.

En el principio fueron los invernaderos, esos espacios en apariencia anodinos, cuyo fin último –la productividad a cualquier precio– no puede estar más alejado de la belleza.

Pero los invernaderos son también cálidos úteros, paréntesis protectores que, además, están llenos de hojas, de plantas, de tallos, de flores, de frutos. Están llenos del sujeto que hasta ahora ha alimentado en gran parte el universo fotográfico de Pilar, al que ella se acercó inicialmente a través del plástico, deformando así, reinterpretando la realidad. A partir de entonces todo empezó a adquirir su sentido; y cuando digo todo digo exactamente todo, incluido, por ejemplo, el rastro baboso del lento discurrir de unos caracoles.

En algún instante el plástico se echó a un lado y parte de esa realidad emergió, en un primer paso inconsciente -“en el momento no me doy cuenta de los procesos; es a posteriori cuando percibo cómo he hecho el camino”- hacia el mundo exterior, que aguarda en forma de hojas flotando en los charcos del Retiro madrileño. El agua es ahora el elemento transformador, el vehículo subvertidor que viene a apoyar la singularidad de la mirada.

Mi estudio en la Samnanna

Mi estudio en la Samnanna

El salto hacia la búsqueda de la planta en su entorno se produce de una manera espontánea. Y de ahí, dice Pilar, “la recojo y me la traigo a casa, al estudio”. Eso le proporciona una mayor capacidad de creación.

Empieza a jugar con la luz, siempre natural, a veces tamizada con plásticos; juega con los fondos, compone escenas. Crea, en definitiva, una realidad sólida y evanescente, marcada por aparentes contrarios: lo máximo en lo mínimo. La esencia.

Poder germinador

Tiene –su fotografía, ella– el poder germinador de la tierra. En sus manos, agapantos, lisianthus, acelgas, membrillos, nardos, iris, azucenas, alhelíes, tulipanes, zinnias, peonías; pero también umbelas, euphorbias y otras flores silvestres; hojas de eucalipto, chopo o arce, renacen, se reconvierten, adquieren una nueva vida. Y es la fotógrafa quien, experimentada partera, extrae lo mejor de sus criaturas y las conduce con mano sabia desde el líquido amniótico, desde el limbo de la naturaleza, a una existencia que se adivina eterna.

Así es la fotografía: un eficaz instrumento contra la muerte que supone el olvido. Pero, en este caso, todavía va un poco más allá: sin Pilar Pequeño, sin su acción directa sobre el sujeto retratado, no hubiera existido realidad alguna que salvaguardar.

Lilium

Lilium

Y en ese movimiento taumatúrgico aparecen los elementos complementarios: dos platos usados, una bandeja de estaño, los vasos, los jarrones… Sobre todo, los jarrones. Pilar sumerge las plantas en agua, continúa su juego provocando sugerentes burbujas, se acerca de tal manera al continente que diluye los límites que le separan del contenido. Y prosigue la magia.

Ampliar horizontes

En un trabajo que no ha tenido nunca la presión del día a día, la urgencia y los condicionantes del esfuerzo nutricio, los encargos pueden ampliar horizontes. Lo que en 1993 había comenzado con esos dos platos viejos, con esa gastada bandeja de estaño, se convirtió en 2005 en una serie de bodegones –cebollas, pescados, caza, uvas, calabazas, huevos, higos, panes– inspirados en el Siglo de Oro, para la exposición “Don Quijote: una nueva mirada.”

De un encargo nace también un proyecto que empieza y termina en sí mismo: La Samanna. Aposentos y espacios exteriores, plantas, Caribe, arena, palmeras, lluvia y la infinita línea del horizonte. Y un inequívoco hilo conductor presidido por la luz, la sombra y los claroscuros, en el que se entremezclan el minucioso detalle, la sensualidad, el silencio, la intimidad y la melancolía.

Huellas. Baixo Miño.

Huellas. Baixo Miño.

Antes, ese deje melancólico, impregnado de realismo, conformó Huellas, fragmentos del tiempo, donde su cámara fue absorbiendo, también poco a poco y en lugares distantes entre sí -próximos al mar muchos de ellos-, el poso que sus habitantes habían dejado sobre edificios erigidos y abandonados por la mano del hombre y la respuesta de la naturaleza a ese abandono. Vestigios y, sobre todo, sucesivos presentes acumulados, pátinas superpuestas que van configurando la nueva e irrenunciable belleza. En ella, en su inacabable búsqueda, pareciera que está ausente un ser humano que tiene en esa persecución sin fin uno de los mayores retos -y, a veces, uno de los mayores castigos- de su existencia.

En las estancias fotografiadas por Pilar, lo mismo en Washington que en Saint Martin, Galicia o Aix-en-Provence, siempre hay alguien que se acaba de ir; alguien que, aparentemente invisible, ha dejado ahí su rastro, su perfume, convirtiéndolo en una poderosa presencia. ¿Qué es, si no, ese instante eternizado en la Despedida, tomada en 1997 en la casa familiar de A Guarda (Pontevedra), donde la Habitación de hotel de su amado Edward Hopper, metáfora absoluta de la soledad, se transforma en testimonio indeleble de vida?

Flores de membrillo

Flores de membrillo

Color

En su camino se cruzó, como en el de todos los profesionales, la revolución tecnológica, los nuevos rumbos de la fotografía. Y eso en ella supuso un cambio sustancial: por primera vez, ha dado cabida al color en su obra. Un cambio deglutido, asimilado, reinterpretado. Hecho propio. Recreado.

El color de Pilar Pequeño es, siéndolo, un color que no parece color… Un color que va más allá del cromatismo que solemos percibir el resto de los mortales. Un color poético y emocionante al que ha aplicado todo lo que ha aprendido a lo largo de su dilatada experiencia. Igual que cuando pintaba al pastel utilizando gamas muy restringidas, ahora selecciona cuidadosamente los colores que quiere dejar entrar en su universo. Y el salto no es tal, sino un peldaño más en un proceso en el que sigue primando aquello que le gusta, que le provoca, que le seduce, que le divierte. Aquello que, como las nuevas tecnologías -por mucho que diga: “soy fatal para todo lo que sean máquinas, sólo me adentro cuando no tengo más remedio”-, constituye un reto que le permite, además, algo muy importante para ella: controlar el proceso desde el principio hasta el final.

Paisajes cercanos

Pilar Pequeño, con toda su pasión, con todo su amor, con todo su inmenso bagaje, permanentemente acompañada por su trípode, su equipo y sus perros, empujada tal vez por los nuevos horizontes que no dejan de abrirse, se ha lanzado a reflejar en color el paisaje que la rodea, tanto física como emocionalmente. Un paisaje en el que, como en aquellos inicios de Galicia, sigue primando la luz, el inagotable fluir de los ríos, el discurrir de las estaciones, el paso del tiempo y en el que sin duda a no mucho tardar, además de la sierra madrileña, se irá incorporando -ya han ido apareciendo rosas silvestres, limoneros, naranjos, granadas, malvaviscos…- esa tierra mediterránea de Polop (Alicante) que ahora la acoge.

“Me tengo que empapar más”, dice Pilar. “Pero veo que también en estos paisajes cercanos me estoy fotografiando yo, es un permanente mirar hacia adentro”.

Y es precisamente de ese adentro de donde surge la energía para transformar la realidad, para dotarla de poesía, para convertir en belleza la vida cotidiana. Aquí están, contenidos en este libro, algunos de los mágicos poderes de la fotografía.

María Ángeles Sánchez

 

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